viernes, 9 de mayo de 2014

Querido tú:

Querido tú,

Sí, tú. Tú que miras siempre con indiferencia y superioridad a los demás. Tú, que consideras todo lo tuyo lo mejor, que te ciegas ante lo de los demás y que atiendes pocas explicaciones. Tú, que por encima de todas las cosas tu objetivo aquí y en todo es quedar por encima de los demás.

Sí, tú, que alzas la voz en todas las conversaciones, que tu tono es más alto que el de los demás y que interrumpes a los demás a gritos. Tú, que piensas que todos tenemos que estar agradecidos por estar al rededor de ti. Tú, que quieres que todos vayan detrás de ti porque en el fondo sabes que eras una mierda...

Sí, tú. Al final eres todo inseguridad y fachada. Sí, tú. Que necesitar quedar por encima para sentirte algo, pero que realmente no tienes personalidad.

Sí, tú. Que vas de independiente y duro, pero acabas siempre mangoneado por alguien que intenta convertirte en lo que no eres, pero tú estás cegado en que eso eres tú, que tú lo has elegido y que eres lo mejor. Sí, tú, creyéndote siempre por encima y sin darte cuenta que tú estás por debajo.

Sí, tú, que intentas eclipsarme, pero sólo te eclipsas a ti. No intentes meterme en tu secta.

Date cuenta, tú, que el mundo no gira a tu al rededor y déjame ser yo.

Un saludo,

Yo

domingo, 23 de marzo de 2014

Esa inseguridad

Esos días en los que no sabes lo que quieres. En los que odias la rutina y la seguridad. Esos días en los que tirarías todo por la borda, bueno y malo, pero sobre todo bueno... todo por un quizás, por un tal vez... Por esa inseguridad de no saber, de querer descifrar en cada mirada si te buscan o no. Por esos momentos de tensión esperando un beso, esperando saber si todo lo que hace es por ti o no, si te busca con la mirada como haces tú... Esa inseguridad, ese no saber si te quiere o no te quiere, de si jamás acabaréis juntos...

sábado, 1 de marzo de 2014

un sueño

Estaba en una mansión antigua, laberíntica. Estaba en el sótano, por debajo de la tierra, eso lo sabía aunque no había ningún indicio de ello. Pero yo lo sabía. Había ventanas, pero de ellas nunca llegaba luz. Era como un palacio, lleno de habitaciones que conducían a más habitaciones, a cuál más curiosa.

Descubrí una habitación, aunque primero descubrí la puerta. Era una puerta dorada, con cristaleras. Sobre la cristalera había grabadas notas de música y, al abrir la puerta, me di cuenta de que estaba vieja, podrida. Las notas se descolgaban, la madera estaba carcomida y la pintura se desquebrajada. Al entrar, descubrí la habitación.

Estaba ricamente adornada, con hilo de oro haciendo dibujos en las paredes. Cubiertas de polvo. Grandes cortinas colgaban de las ventanas que no emanaban luz. Era una sala grande, llena de pianos. Me acerqué uno a uno. Todos eran diferentes, con atriles tallados, detalles en oro, dibujos hermosos, partituras esperando a ser tocadas... Pero al acercarme, me daba cuenta de que estaban viejos. La pintura se caía, faltaban teclas y trozos de madera. Parecía, igual que la puerta, que si la tocabas, se convertiría en polvo.

Ahora me doy cuenta de que todo en el sueño era de color naranja. Naranja, como el color de mis pesadillas. Como el cielo naranja y sin estrellas de Madrid.

No obstante, yo no tenía miedo, porque cuando seguí vagando por el largo pasillo te encontré. Fuimos a descubrir las habitaciones, me querías enseñar el lugar. Entonces reconocí en una puerta desvencijada unas notas musicales doradas que colgaban de la madera vieja. Te dije que era la sala de música y que ya la conocía.

Al entrar contigo y ver de nuevo uno a uno los pianos, me gustaron. Sí, seguían siendo viejos, pero me pareció un lugar agradable incluso te dije que aquella habitación sería donde enseñaríamos piano a los niños. Tú dijiste que allí también aprenderían gnomo. Un idioma antiguo en aquel universo extraño, así como el griego...

Al salir de ahí me dijiste que me enseñarías un lugar secreto. Tu reino. Era una ventana enorme por la que entraba luz de verdad. Era luz del sol, luz de una mañana clara de primavera. El pollo de la ventana era una agradable sofá que invitaba a sentarse a leer. La ventana era larga como el infinito y, ambos lados, tenía estanterías recubiertas de libros. Libros infinitos. Más allá de lo que mi vista lograba alcanzar. Todo era de colores: verde, rosa, azul... No había naranja.

Me contaste al oído que aquel lugar tenían la particular de ser un estado. No pertenecía a ningún país y a nadie más por que tú eras su rey. Pero cuando llegamos, había alguien ocupando el sofá. Habían invadido tu estado.

Nos alejamos de allí y anduvimos largo tiempo por las habitaciones que volvían a tener el color de las pesadillas. Aunque yo estaba tranquila y no sentía miedo.

Sentados frente a un piano, los dos en la misma banqueta, tocábamos las teclas, pensativos y tristes porque no tenías reino. Me dijiste que no me preocupara, que tenías una idea para recuperarlo. Sólo había que quedarse cerca y, cuando la persona que hubiera allí se marchara, podríamos ir los dos y sería nuestro estado. Lejos de los demás, rodeados de libros y sin el color de las pesadillas.

jueves, 6 de junio de 2013

castillos en el aire

Érase una vez una princesa que no tenía reino. Decidió irse a recorrer mundo para encontrar tierras en las que poner su trono, pero lo único que conseguía la princesa eran castillos en el aire. A ella no le importa, sigue empeñada en buscar su reino, aunque sólo pueda cargarse de castillos en el aire. Hasta que un día se le caigan y la aplasten.

jueves, 13 de diciembre de 2012

de repente

Y de repente irrumpes de nuevo en mi vida. Apareces otra vez como si nunca te hubieses ido. Como si todos estos años hubiesen sido a penas unos días de una semana que todavía no ha acabado. Me haces volver a creer en todo lo que fuimos. Vuelves a llenar mis listas de llamadas y de mensajes mi buzón. Por un segundo vuelvo a creer que antes de dormir tu último pensamiento soy yo. Vuelvo a sentir como si pudiéramos estar juntos para siempre, luchando juntos contra el mundo. Como si pudiera cerrar los ojos, soplar esa pestaña, abrirlos y ver que sigues siendo real.

martes, 11 de diciembre de 2012

los duendecillos y las parcas


La vida está compuesta de pequeñas bromas. Cada día estoy más convencida de que en algún lugar del remoto universo un duendecillo corretea entre los hilos que cuidadosamente tejen las tres parcas. Ellas no saben lo que están tejiendo, tan solo tricotan, una y otra vez, sonando sus agujas igual que suenan ahora las teclas de mi máquina de escribir. Tejiendo hilos sin sentido, tan solo impulsadas por la fuerza de algo que no puedes dejar de hacer porque hace tanto que lo haces que no hay fuerza en el mundo capaz de pararte, aunque ya no seas consciente de lo que tienes entre las manos. Míralas, tres viejecitas decrépitas, con la cabeza ladeada, los ojos semicerrados y conteniendo cada uno de sus suspiros no pueden dejar de mover sus endebles bracitos y las agujas que se encuentran al final de estos. Los hilos salen de entre sus dedos, nuevos y brillantes, pero enseguida se mezclan con el polvo acumulado de años en el suelo. En ese mismo suelo se encuentran unos pequeños seres, delgaduchos o regordetes, pero siempre saltarines. Enredan hilos, desenredan madejas, cortan hebras. Se esconden entre los ovillos, se lanzan los flecos que sobran. Parecen sumidos en inocentes juegos, ellos saben perfectamente que sus danzas entre los pies de las parcas están cambiando nuestras vidas.

Un hilo de oro, John Melhuish Strudwick

lunes, 26 de noviembre de 2012

Amor literato

En cambio, aquellos personajes de romance, aquellos galanes y galanas, vivían en la eternidad de días que no acababan, en noches que se alargaban en un amanecer que nunca llegaría. Besos distantes, abrazos imperceptibles... Era el amor de los poetas, el amor literato.